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Leyendas interesantes
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La mujer muerta
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El perfil que dibuja sobre el cielo de Segovia la silueta de la montaña
conocida como la Mujer Muerta, es un capricho geológico, interpretado
desde el prisma popular y legendario de la siguiente manera: la esposa del jefe
de una tribu que vivía en el cerro del Alcázar, muerto aquél, crió a dos
hermosos niños gemelos que, con el tiempo, se enfrentaron para asumir el
liderazgo del pueblo.
La madre, desesperada ante la posible lucha fratricida, ofreció a Dios su vida
a cambio de la supervivencia de sus vástagos. Cuando éstos iban a pelear, una
ventisca seguida de una formidable nevada -en pleno verano- se lo impidió.
Disipado el temporal, los hermanos comprobaron que una montaña cubría lo que
hasta entonces había sido llanura. Dios había aceptado el sacrificio de la
mujer, cubriendo su cuerpo yacente con nieve.
La leyenda dice que dos pequeñas nubes se acercan al atardecer a la montaña: son los dos hijos que besan a su madre.

Leyenda del Acueducto de Segovia
Según la leyenda, fue la pereza y no Roma la madre del Acueducto. Una
muchacha que trabajaba como aguadora, harta de arrastrar el cántaro por las
empinadas calles de de Segovia,
aceptó un trueque con el diablo: dispondría del alma de la mujer si, antes de
que cantara el gallo, el agua llegaba hasta la puerta de su casa.

Consciente de su culpa, la joven rezó hasta la extenuación para evitar el
presagio. Mientras, una tormenta se había desatado y el demonio trabajaba a
destajo. De pronto, el gallo cantó y el Maligno lanzó un alarido espeluznante:
por una sola piedra sin colocar había perdido el alma.
La muchacha confesó su culpa ante los segovianos que, tras rociar con agua
bendita los arcos para eliminar el rastro de azufre, aceptaron felices el nuevo
perfil de la ciudad.
Un pequeño hoyo en la superficie de las
piedras señala, según esta leyenda, el punto en el que los dedos del
diablo presionaron.
Leyenda de la conquista de Madrid por
los segovianos y origen de los Nobles Linajes
Durante siglos, el gobierno de Segovia estuvo detentado por regidores que se dividían en dos
grupos, cada uno de ellos vinculado a uno de los Nobles Linajes de la ciudad
que, según la leyenda, tienen su origen en gloriosa gesta.
Cuando el rey Alfonso VI se propuso la conquista de Madrid, llamó a las
milicias concejiles y las de Segovia, mandadas por los capitanes Fernán García
de la Torre y Día Sanz de Quesada, llegaron tarde al campamento. Pidieron alojamiento
pero el rey, disgustado por la tardanza, les respondió que se alojaran en
Madrid. Los segovianos tomaron aquello como una orden, asaltaron las murallas y
ellos solos conquistaron la ciudad, enviando a decir al rey que viniese a
aposentarse a Madrid, donde ellos ya tenían aposento. Don Alfonso les concedió
muchas mercedes a los dos capitanes, cabeza de los Nobles Linajes de Segovia.
Leyenda del Cristo de Santiago
Este Cristo crucificado, actualmente en la iglesia de
San Esteban, procede de la desaparecida iglesia de Santiago y fue el inspirador
de una leyenda eclipsada por la que, en la época romántica, el poeta José
Zorrilla atribuyó al toledano Cristo de la Vega.
Había en esta ciudad de Segovia
-escribió su creador, Lorenzo Calvete- una doncella muy virtuosa por
cuyos amores andaba un mozo loco y perdido. Los desatinos del mozo eran muchos
y la doncella andaba temiendo cualquier desastre cuando un día, hallándose ésta
rezando ante el Cristo de Santiago, el mozo se acercó y le prometió que
si consentía en entregarse se casaría con ella. Sin embargo, una vez que la
hubo conseguido, el mozo no mostró intención de cumplir su promesa, a lo que la
joven decidió acusarle ante el obispo. Preguntó éste si había algún testigo y
como la muchacha señalara al Cristo de Santiago, el obispo acudió a tomarle
juramento, cosa que el Cristo hizo, desclavando su mano y poniéndola sobre los
Evangelios.
Leyenda de María del Salto
En las rocas que rodean La Fuencisla, las Peñas Grajeras, las voces más
antiguas cuentan que quisieron despeñar a una mujer judía, Esther,
acusada falsamente de adulterio. En ese momento, la joven confesó su fe
cristiana y se encomendó a la Virgen, obrándose el milagro de alcanzar la
tierra sin sufrir ningún daño. Tras el suceso, fue bautizada como María del
Salto y se consagró al servicio de la Catedral de Segovia.

Leyenda del príncipe y la aya
El balcón central de la Sala de los
Reyes muestra una cruz que rememora un suceso del que los siglos han cuajado
dos versiones. La más legendaria cuenta que, estando el infante D. Pedro de
Castilla, hijo de Enrique II el de las Mercedes, en el balcón en brazos de
su aya, resbaló y cayó al vacío.
El aya, atemorizada, se lanzó tras el
niño. La versión histórica apunta que el infante, de 12 años, cayó mientras
jugaba a la pelota con sus amigos.
Leyenda de la sala del cordón
Un cordón realza el techo de una de las salas
principales del Alcázar de Segovia.
Según la tradición, el relieve fue encargado por la reina Violante como lección
de humildad para su esposo Alfonso X el Sabio.
Al parecer, su sabiduría y soberbia eran parejas, y llegó a afirmar que Dios
hubiera hecho bien en pedirle consejo antes de crear el Universo. Fray
Antonio de Segovia le suplicó que confesara su pecado, pero El Sabio,
orgulloso, se negó. Entonces se desató una terrible tormenta, y un rayo
atravesó las estancias reales, matando a varios cortesanos. Fue entonces cuando
el monarca dio su brazo a torcer y cumplió su penitencia; su mujer aprovechó
para encargar el friso, un amuleto encargado de calmar la habitual ira de su
esposo.

Leyenda de la Fundación del Monasterio
del Parral
Al fondo de la pina calle que desde el río conduce al Monasterio del Parral hay una lápida
con esta inscripción: "Traidor, no
te valdrá tu traición pues si uno de los que te acompañan me cumple lo
prometido, quedaremos iguales". Al viajero pueden extrañarle los
términos en que está redactada la inscripción en el camino que lleva a un
recinto religioso.
Cuentan que Juan de Pacheco, marqués de Villena y valido de Enrique IV,
fue un hombre que, por su ambición, tuvo muchos enemigos y que uno estos le
retó a duelo junto a la ermita de la Virgen del Parral de Segovia.
Bajó el de Villena el día ajustado y se encontró con que su enemigo estaba allí
pero no solo, sino acompañado por dos hombres. Se sintió perdido, dirigió una
plegaria al cielo y tuvo una reacción rápida, dirigiéndose a su rival con la
frase grabada en la lápida. Cada uno de los acompañantes pensó que era el otro
quien se había vendido y combatieron entre ellos mientras el de Villena lo
hacía con el retador, venciéndole. El marqués agradeció el haber salido bien de
tan comprometido trance, transformando la humilde ermita en amplio y rico
monasterio.

Leyenda del Corpus Christi de Segovia
Frente a la entrada de la Iglesia de Corpus, un lienzo narra la leyenda de la profanación de una Hostia
por los judíos. El sacristán de San Facundo entregó la custodia en la
calle del Mal Consejo (todavía existente), y los judíos quisieron echarla en
una gran caldera hirviente. En ese momento la Hostia empezó a volar por el aire
y un terrible estallido provocó el hundimiento del edificio. Desde entonces, en
desagravio, se celebra la Fiesta de la Catorcena, por las catorce parroquias
que existían en de Segovia.

Leyenda de la calle de Muerte y Vida
El nombre de la calle de Muerte y Vida de Segovia recuerda un episodio ocurrido
en tiempos de las Comunidades, cuando se acusó injustamente a un hombre de
traición. Cuando le llevaban a prisión, una mujer que residía en la calle
arengó a los captores, pidiendo la muerte del apresado y arrojando una soga
desde su ventana. Finalmente, la prudencia prevaleció sobre la ira del
populacho. La casa fue derribada, pero la ventana se conserva en el Museo
Provincial de Segovia.
El montón de trigo y el montón de paja
A siete kilómetros de Segovia hay un pueblito pequeño,
llamado Torredondo. Allí se desarrolló la leyenda que les voy a contar a
continuación.
Ocurrió en verano, época de la
recolección, cuando los campesinos estaban en plena época de la
recolección. Como había sido un año con buena cosecha, los bueyes tenían
más trabajo del habitual tirando de las carretas llenas de espigas. Los
habitantes del pueblo, contentos por la cosecha, hacían cálculos sobre las
ganancias que iban a tener.
En una de las eras que había al final
del pueblo, en la que había más grano que en ninguna, la trilla ya estaba
terminada. Su dueño, poseía también la mejor casa, el corral más repleto,
la despensa más surtida, y una bodega completamente llena de vinos. El dueño de
todo esto, era considerado, con todas las de la ley el hombre más rico de todo
el pueblo. Aunque también tenía la fama de ser el más tacaño.
Estaba un día tan opulento labrador aventando un montón de trigo cuando
pasaron unos mendigos y le pidieron una limosna. El avaro labrador contestó que
no tenía nada que ofrecerles. Uno de los mendigos le preguntó cómo podía eso
ser posible viendo el enorme montón de grano que se encontraba ante sus ojos; a
esto les respondió el labrador que aquello que veían no era trigo sino tierra.
El pobre le replicó: "Permita Dios que se vuelva tierra". Y poco
después la maldición se cumplió. |
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La toca de la Virgen
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Hace muchísimos años, una pobre mujer que vivía en Segovia se quedó viuda. Cuando vivía su
marido, esta buena mujer, se dedicaba a criar gusanos de seda como distracción,
pasatiempo que se había convertido ahora en su principal medio de sustento.
Las hábiles manos de la mujer convertían los capullos
de los gusanos en preciosa seda, y la seda, en preciosas prendas de vestir como
pañuelos, cintas, bandas, pero sobre todo bellísimas tocas, que habían
adquirido enorme fama en la provincia.
Una mañana, como de costumbre, fue a visitar a sus
gusanitos, y la pobre señora casi se muere del disgusto. Todos estaban
enfermos, apenas habían comido y no podían moverse de debilidad.
La mujer, asustada, salió corriendo a la entonces
ermita, que luego se convirtió en Santuario para rezar con todas sus fuerzas a
la Virgen de la Fuencisla, Patrona de la ciudad. Una vez allí prometió a la
Virgen, que si hacía que se curasen sus gusanos, tejería para ella la más bella
toca que jamás se había visto.
Su fe hizo que al llegar a su casa encontrara a sus
gusanos ya curados y tejiendo otra vez hermosos capullos con los que hilar la
seda que después trabajarían las primorosas manos de la viuda. Y tuvo tantísimo
trabajo que se la olvidó la promesa que había hecho.
Llegó el día de la Fiesta, y con él la Romería de la
Virgen de Segovia. La viuda dejó de
tejer, cubrió su cabeza con una mantilla, cogió su rosario y un cirio y bajó la
cuesta hacia el Santuario acompañada de vecinas y amigas.
Al llegar al Santuario, lo primero que hizo fue ver a
la Virgen, arrodillándose ante ella como lo hizo cuando creyó que ya no tendría
un pedazo de pan para comer al haber enfermado todos sus gusanos.
- “¡Qué ingrata he sido! La Virgen me ha ayudado
y yo no he cumplido la promesa que la hice. ¡Virgen María, perdóname!
Sabes que ha sido involuntario. Sabes que mi vida es muy triste y que me paso
el día trabajando. Te aseguro que en cuanto llegue a mi casa no descansaré
hasta que no haya tejido la toca más hermosa que jamás se haya visto”.
No hizo caso a sus amigas que la decían que se quedase
a disfrutar de la fiesta y salió corriendo hacia su casa dispuesta a trabajar
de firme y arreglar su falta.
Cuando entró en la habitación donde tenía a sus
queridos gusanos de seda, no pudo dar ni un solo paso, ya que se quedó helada
al ver cómo los gusanos, desplegados en varios grupos trabajaban en la
confección de una toca. La pobre viuda, solo podía dar las gracias a la Virgen
mientras observaba el fabuloso milagro que estaba ocurriendo ante sus ojos.
Cuando la romería terminó, todas sus vecinas y amigas
se acercaron a ver por qué la pobre viuda había subido tan presurosa, y cuando
llegaron la encontraron tendida de rodillas, y aun pudieron contemplar como
milagrosamente los gusanos terminaban de tejer una cruz de seda amarilla que
adornaba la parte delantera de la toca.
También ellas se arrodillaron en acción de gracias y, cuando la toca estuvo
terminada, volvieron al Santuario de la Virgen de la Fuencisla de Segovia, llevando, esta vez sobre unas
andas y en procesión la toca confeccionada tan milagrosamente.
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Las Zamarriegas conquistan el Alcazar
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Muy cerca de Segovia,
en un mirador privilegiado sobre la ciudad, se encuentra Zamarramala, hoy en
día barrio incorporado a la ciudad.
Existe en esta localidad la tradición de que un día al
año, el día de Santa Águeda, las mujeres tomen la Vara de Alcaldesa y sean
ellas quienes manden. Así será hasta el fin de los tiempos.
Y así es como la leyenda cuenta su origen. A principios
del siglo XI, Segovia y el Alcázar
se hallaban en manos de los moros y los pocos hombres que quedaban eran o muy
ancianos o casi unos niños, ya que la mayor parte de ellos se encontraban
luchando contra el invasor.
Era la víspera de Santa Águeda cuando las mujeres de
Zamarramala se conjuraron para arrebatar la fortaleza al invasor. Al día
siguiente, todas las mujeres estaban dispuestas a acudir, pero fueron
finalmente las casadas quienes decidieron asumir el riesgo.
Las zamarriegas, engalanadas con sus mejores trajes y
joyas y valiéndose de su gracia en el baile y de su hermosura, entretuvieron a
la guardia de la fortaleza, que abandonó sus puestos para admirarlas; momento
que fue aprovechado por los hombres para penetrar en el Alcázar de Segovia y reducir a los "embobados"
defensores.
De repente, sin saber cómo, los moros estaban
maniatados mientras en lo alto del Alcázar ondeaba ya la bandera cristiana, y
las campanas de Zamarramala tocaban a Gloria.
A partir de entonces, el Alcázar volvió a manos de Alfonso VI, Zamarramala
obtuvo el privilegio de ser guardián único del Alcázar para todos los tiempos.
El convento de la Victoria
En lo que un día fue el Palacio de Doña Mencía del águila, en los tiempos en
que reinaba Alfonso XI se estableció la Comunidad de Religiosos de San
Francisco de Paula, más tarde conocidos vulgarmente como Padre Misioneros de la
Victoria. Este convento estuvo allí hasta que la exclaustración dio al
traste con las órdenes religiosas en el 1837. El edificio para ser utilizado se
acondicionó para nuevos menesteres. La que había sido casa de Dios ahora,
pasaría a ser un Teatro.
Cuentan aquellos que lo vieron como allá
por los años 1840 en Segovia estaban
varios albañiles subidos a un andamio intentando desmontar una Virgen que se
hallaba colocada sobre la puerta de entrada del que había sido Convento de la
Victoria. Les estaba siendo muy difícil ya que no conseguían asegurarla bien
par bajarla de su pedestal sin que sufriera daño alguno.
Un sacerdote que pasaba por allí les
dijo:
-“Chicos, echarla una soga al cuello y
tirad. La Virgen caerá por su propio peso”
Los albañiles se quedaron alucinados por
estas palabras. Ellos pensaban que la imagen de la Virgen tiene que ser tratada
con un mayor respeto.
Pero la sorpresa fue aun mayor, cuando a
los pocos días vieron que al pasar el mismo clérigo enfrente del lugar donde la
imagen estaba situada, cayó al suelo de repente. Igual que si le hubiera caído
un rayo. No se levantó más.
Aquellas personas que supieron de su fallecimiento lo atribuyeron a un castigo
divino, por haber aconsejado a los obreros que tratasen con tan poco respeto a
la Imagen Divina.
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El Cristo de los Gascones
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Corría el siglo XII cuando en un campo lejano de algún
país de Europa, un batallón de soldados gascones y alemanes, se disputaban un
botín muy especial. Se trataba de un Cristo que había sido encontrado a las
afueras de un pequeño pueblo. Era un magnífico Cristo Yacente de madera, que
estaba tan bien hecho que de verdad parecía un muerto tendido en un campo de
flores.
Soldados gascones y alemanes se peleaban
por su posesión, pues ambos deseaban que descansara en su patria. Sin
embargo, un pobre niño, paje de un importante mando militar, rezaba, pidiéndole
a Dios que hiciera lo posible por parar la pelea y solucionar aquel
desagradable problema.
Entonces, una mula que llevaba varios días deambulando por el campamento, se
acercó corriendo hacia el Cristo y el niño, como queriéndoles decir algo
mientras se agachaba señalando hacia el Cristo. Entonces, el niño se dio cuenta
de que lo que la mula quería era que la pusiera el Cristo encima.
Así lo hicieron y, dándole escolta, siguieron a la mula hasta que ésta les
indicara donde debía quedarse el Cristo.
De este modo estuvo la mula varios días, hasta llegar
a Segovia, en el centro de España.
Al llegar a la pequeña iglesia románica de San Justo, la mula empezó a resoplar
y se cayó muerta al suelo doblando sus patas para que el Cristo no sufriera
ningún daño. Allí era donde el Cristo quería vivir. Las campanas repicaban
sin que nadie las voltease, y los vecinos del barrio dejaron sus labores
artesanas para dirigirse al atrio de la iglesia a ver lo que estaba ocurriendo.
Los soldados gascones y alemanes decidieron entonces
que el Cristo se llamaría como la gente le había llamado según se encontraban
con ellos: el “Cristo de los Gascones” y habitaría en esa iglesia hasta
el final de los tiempos pues así lo había decidido Él mismo.
Así fue como el Cristo de los Gascones se quedo para
siempre en la iglesia de San Justo y los Viernes Santos, sale en procesión por
las calles de la ciudad. Antes, los caballeros le hacían escolta vestidos con
sus brillantes armaduras, pero por desgracia, con el tiempo, esta bella
costumbre se ha perdido.
El Cristo sigue con nosotros, derramando sus bendiciones, y en torno a él se
formó una de las cofradías más antiguas de Segovia,
que existe desde 1700 con el nombre de la Santa Esclavitud, que luego se unió a
la denominada del Santo Entierro, llamada popularmente, la de la Curia
Segoviana.
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El emplazamiento de Juan II
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Murió Don Álvaro de Luna en Valladolid, el 4 de junio
de 1453 por orden del que había sido su gran amigo, el Rey Juan II de Castilla.
El monarca, que había estado aquellos días en la ciudad de Valladolid, decidió
salir hacia Segovia para no
presenciar la ejecución.
Al atardecer de aquel día, hora en que llegó Don Juan
a Segovia, se desencadenó una gran tormenta que duró muchas horas.
Alojado en el Alcázar de Segovia, pensaba tristemente en el trágico final de su querido
amigo y servidor, sintiéndose culpable por haber firmado la autorización para
que éste subiera al cadalso. De pronto, un rayo cayó en el Alcázar y el Rey,
sobrecogido de miedo, cayó desvanecido al suelo, siendo muy difícil para sus
servidores hacer que volviera a recobrar el sentido.
Los más supersticiosos cuentan que el monarca se había
desvanecido ante la impresión que le produjo el hecho de ver el fantasma de su
amigo Álvaro de Luna emplazándole a acompañarle en el plazo de un año.
Sea cual fuese el motivo de aquel desvanecimiento, lo
cierto es que Don Juan, debió enfermar de melancolía al haber perdido a su más
fiel compañero.
Después de unos meses se dirigió a Medina del Campo, donde se encontraba su
esposa, la Reina Isabel, buscando algún remedio para su enfermedad pero no
hallaron solución a sus males. Finalmente, moriría el día 21 de junio de 1454 a
la edad de 49 años cumpliendo las predicciones que había hecho el fantasma de
su gran amigo: Don Álvaro de Luna.
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La Vera Cruz y las Chovas
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Este templo, fundado en 1208 por un grupo de
caballeros templarios, se encuentra situado a las afueras de la ciudad de Segovia, junto al sinuoso camino que
sube hacia Zamarramala. Recibe su nombre por el hecho de haber guardado en su
interior durante años un trozo de la Cruz de Cristo, que años más tarde se
subió a la iglesia de Zamarramala.
Una preciosa tarde de primavera, los Caballeros
templarios, cabalgaban velozmente por una empinada cuesta para defender la Vera
Cruz de una pandilla de bandoleros que pretendían asaltarla.
Tras vencer a un par de hombres que vigilaban el
camino, los caballeros se dirigieron a la puerta de la iglesia para evitar que
entrara el resto de asaltantes. Tras un breve combate, los bandoleros huyeron
despavoridos.
Pero el más valiente de los Caballeros, había quedado
herido de muerte. El pobre hombre esperó a morir justo en el momento en que el
Prior de los monjes que habitaban en la Veracruz, escuchó su petición de perdón
y le dio la absolución.
Uno de los caballeros templarios pidió al Padre Prior
que velaran el cadáver se su compañero pues debían avisar a la familia y
preparar el entierro. El prior accedió y acto seguido, los frailes, corrieron a
preparar la Iglesia para el velatorio. El caballero muerto estuvo pronto
tendido en el Altar Mayor entre enormes cirios. Su cuerpo estaba colocado sobre
un bello plano negro y dorado. Los frailes a su alrededor rezaban
encomendándole a Dios.
Uno de ellos decidió abrir las ventanas para renovar
el cargado aire de la iglesia. A continuación se marcharon los monjes a la
clausura para tomar un refrigerio antes de empezar la vela del cadáver que no
se interrumpiría en toda la noche.
Cuando volvieron, los religiosos no daban crédito a lo
que veían sus ojos. El caballero muerto ya solamente era un esqueleto, cubierto
de negras chovas que se habían introducido por los ventanales.
El Prior, horrorizado, subió al púlpito y con voz muy
firme dijo:
-“¡Yo os maldigo, repugnantes pájaros, por haber
profanado este sagrado lugar de Segovia! Y en castigo ni vosotros ni vuestros
descendientes podréis posaros jamás sobre esta Iglesia”
Esta es la explicación de porqué nadie ha visto ni verá jamás a estos
pájaros posados en el tejado ni en la torre de la Veracruz de Segovia.
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